7.5 Entrevistas en el Maidan

(07.07.1618 – 14.07.1618?)


Aunque de aquí adelante el rey enviaba cada día á saber del Embajador, con muchas diferencias de pan y jabalíes, no fue posible querer darle audiencia sobre la venida de los ingleses y cosas tocantes á Ormuz, con haberle asigurado antes que se despidiese de él en la huerta, que se la daría muchas veces, escusándose con que quería primero despachar al Chaus por quedar más desocupado. De manera que sígun esto, bien veía el Embajador que quererle importunar más era escusado, á lo menos en lo tocante á la guerra con el Turco, cuya paz él deseaba sumamente, como pudiese retener lo que él había ganado y su padre había antes perdido, y quisiera poder tratar las demás cosas contenidas en su embajada, aunque con poca ó ninguna confianza de efectuar ninguna cosa en ellas. Crecía la fama de que el rey, despachado el Chaus, se había de partir luego al ejército, y como gran parte de la familia del Embajador hubiese enfermado gravemente del malísimo aire y peor agua de Casbin, y él tampoco se hallase por estas causas en buena disposición, no miraba ya sino á como podría salir de allí, temiendo, como era cosa muy verisímil, no le dejase el rey en aquel lugar tan mal sano, sin resolvición alguna, y arrebatadamente se fuese.
Dentro de tres ó cuatro días, cuando el Chaus se había de despedir del rey vino á pedir Ussenbec que los criados del Embajador saliesen aquella tarde al Maydan como otras veces lo solían hacer, y después de haber llegado entró el rey en la plaza, y luego el Chaus con una ropa de brocado que el rey le había enviado aquel día. Y estando á caballo á una parte del Maydan, cuando el rey, que paseaba por medio, enparejó con él, se apeó, y llegando al estribo le besó el pie, y mandándole luego el rey que subiese en su caballo se anduvo paseando con él un gran rato, siguiéndole á poco trecho algunos de sus criados, siendo ésta, sigún páreselo, la última audiencia que con él el Chaus tuvo.
Porque luego, de hay á dos ó tres días salió de Casbin sin resolvíción alguna de paz ni treguas, mas de enviar con el rey un soldado de los que asisten de ordinario á su guarda, con orden, sigún se entendía, para que con reconocimiento de cien cargas de seda cada año, ofreciese y pudiese efectuar la paz con Calí Baxa, general del Turco, que había ya llegado á Van con la mayor parte del ejército. Es Van una fortísima plaza en Armenia la mayor, no lejos de los confines de la provincia de Diarbec, que es la antigua Mesopotamia.

Despachado ya el Chaus no le quedaba escusa al rey para no acabar, como tantas veces lo había prometido, de dar audiencia al Embajador, pero facilitando esto con palabras, cada día salía más incierto lo que se prometía, aunque siempre continuaban los regalos de venazón y pan de muchas maneras que á su posada le enviaba. Y porque Usenbec, el aposentador mayor, ordinariamente persuadía al Embajador que el rey gustaría de que fuese algunas tardes al Maydan, aunque contra gusto suyo, porque no pareciese contumacia y no impedir con ello su despacho, le respondió que lo haría cuando el rey se lo mandase.
Volvíó luego aquel día en la tarde díciendo como le había mandado que viniese á le acompañar, porque quería que viese cierto presente que el gobernador del Sirvan le enviaba, con lo cual el Embajador fue á la plaza, estando toda llena de gente, tocándose desde un mirador que al cabo de ella había muchos atabales y trompetas grandes y pequeñas, pero muy diferentes y con gran parte no tales como las de Europa. Pusieron al Embajador en la mejor parte de la plaza, y casi luego como llegó entró el rey en ella con pocos de los que siempre le aconpañaban, el cual se vino derecho á donde estaba el Embajador, haciendole mucho favor, cosa en que es muy liberal y demasiadamente artificíoso, y después de le haber preguntado cómo estaba mandó que le diesen vino de las garrafas y tazas que siempre andan con él, conforme á la antigua costumbre persiana, y díjo que bebia á la salud del rey de España su hermano. El Embajador hizo luego lo mismo, llegándole delante algunos de los muchos pajes que allí había dos platos de oro con ciruelas verdes y granos de agraz, y esta es la fruta con que todos beben extemporáneamente.
Comenzó luego á pasar el presente, que era de algunos caballos pequeños, como y de grandes crines y colas; muchos y grandes colmillos de rosmaros, que son unos mostruos marinos del tamaño de hipopótamos ó caballos aquatiles, de los cuales hay muchos en el mar septentrional de Tartaria y Moscovia; muchas almohadas de cierta tela blanca, llena de muy blanda y menuda pluma, y cantidad de cebellinas.
Pero lo que fue más de ver, aunque causó gran compasion á la gente de Europa que allí estaba, fueron hasta treinta ó cuarenta niños y niñas circasos y moscovitas, de seis á catorce años, muy blancos y rubios y de muy lindo parecer, y ansí ellos como ellas con cabello crecido y con bonetes de terciopelo de colores forrados en martas. Roban en las ordinarias correrías que hacen en Moscovia y Circassia, ansí los tártaros como los lacis, rapaqísimas naciones y circunvecinas suyas, gran número de estos muchachos de todo sexo, y como si fueran manadas de cualquier ganado los traen á vender á Derbento y á Bacu, por poco precio, y este rey de Persia, á imitación de los antigos Parthos ó Soldanes de Egipto, los compra para ser instruidos después en la milicia, y las hembras, que por la mayor parte son hermosas, para encerrarlas y guardarlas en sus arames, conforme á la costumbre de los asianos.

Toda la tarde y dos horas de la noche gastó el rey, ó paseándose, ó hablando con mucha familiaridad con el Embajador, junto al cual estuvo siempre, todo el tiempo que estuvo en la plaza, Mahamet Aga, tártaro, enviado en aquellos días al rey de Persia, de Tatar Charu, hermano del rey de Cafa, que habiendo sido vencido el año antes en los confines de Podolia ó Rusia la inferior por el principe de Polonia, y hallándose en desgracia de su hermano, había pasado con tres mil caballos por el estrecho del mar de la Tana, antiguamente el Bosphoro Cimérico, á servir al rey de Persia.
Era este Mahamet Aga un hombre de cuarenta hasta cinquenta años, de muy gentil presencia, aunque como los más de los tártaros algo moreno, de gran rostro, de ojos pequeños y narices anchas, pero de buena gracia, desevbuelto y bien hablado; y como se hallase tan cerca del Embajador llegó á hablarle con término tan cortés que luego se echó de ver en él ser hombre práctico y de diferente estilo que los persianos. Y habiendo notado antes el Embajador su talle y figura, y que no traía turbante, sino un bonete piramidal forrado en martas, como los tártaros y russianos, preguntó al intérprete quién era, sospechando que fuese algún usbeque ó chacatay, que por ser también de la nación sciphica tienen la misma forma de rostro y traje que los demás tártaros.
Y sabido que era de los europeos Precopenses, estuvo con él en muy particular conversación siempre que el rey se apartaba de allí, mayormente hallándole tan bien informado de las cosas de Europa, en especial de la guerra de Hungria, adonde había ido seis veces con las ayudas de tártaros que á sueldo del Turco había enviado el rey de Cafa en todo el discurso de aquella guerra. Nombraba las fuerzas y plazas más fuertes de aquel reyno, ansi de las que poseían los turcos, como el Emperador, y muchos de los capitanes señalados, ansi tudescos, italianos y húngaros, y decía que se espantaba mucho de que teniendo los españoles tanta fama de buenos soldados, no hubiese visto ningunos en aquella guerra, habiendo en ella y halládose de todas las demás naciones, y que el tuvo entonces gran deseo de conocerlos. A esto le respondió el Enbaxador, muy satisfecho de su buena noticia, que el rey su señor tenía ocupada la milicia de sus españoles en muchos de los presidios en las provincias y reynos que poseía fuera de España, y en las grandes y continuas armadas que navegaban por el mar Occeano y Mediterráneo, pero que muchos de los soldados que sirvieron al Enperador en aquella guerra eran vasallos suyos de los Países Bajos, y otros pagados con gran suma de dinero con que al Enperador le socorría. Quedó el tártaro muy satisfecho y amigo del Enbaxador, diciéndole que cada día quisiera él visitarle en su posada, mas que por la sospecha que el rey de Persia tomarla de ello, no se atrevía, tampoco poco otros extranjeros que allí se hallaban que deseaban también visitarle y lo dejaban de hacer por la misma razón.
Hasta muy tarde, habiéndose encendido después que fue noche muchas lumbres en la plaza, gastó el rey lo más del tiempo hablando con el Embajador, parados y a caballo como estaban, y mostrando entonces estar contento y de buen gusto le preguntaba muchas cosas de España, las más de ellas del traje, manera de vida y trato que se tenía de las mujeres, mayormente de las principales, y habiéndole el Embajador respondido al propósito lo que le pareció, estuvo riendo y burlando gran rato sobre esta materia. Pero siendo ya más de las diez de la noche dio licencia al Embajador que se fuese á su posada, sin consentir que le acompañase, antes envió con él todos los hacheros que le alumbrasen, llevándolos hombres á caballo, los cuales hacheros son de la manera que [se] dijo ya que había en la huerta la noche que se cenó en el cenador del estanque.

(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo IV, pp. 107 – 112)

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